CALDERÓN DE LA BARCA RESTITUIDO
(Reseña publicada en "Memorias: III Festival de Teatro de Cali, Salas en Concierto", junio de 2002)
Por:
Miguel González
Grupo: Escuela de Univalle
OBRA: El astrólogo fingido
Con el grupo de estudiantes del Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle, su director Alejandro González Puche ha montado una comedia de don Pedro Calderón de la Barca: El astrólogo fingido. Un feliz divertimento que no sólo retrotrae los versos del barroco español sino que actualiza el humor y la inventiva de este fructífero e insigne autor del drama, los autosacramentales y las comedias. Los intrincados equívocos del amor y la impostura aquí son escenificados acudiendo a recursos inusuales y oportunos que animan un espectáculo colorido y brillante, dinamizados por el ritmo contenido y expectante de la opera oriental.
El teatro de la Universidad del Valle ofrece regularmente producciones de gran interés a través de los ejercicios meramente académicos y por medio de la Corporación Teatro del Valle. En ambos, los actores más entrenados participan y estudiantes de distintos semestres se incorporan. La nómina de la oferta es nutrida y ambiciosa. Resultaron memorables trabajos como Fausto, una versión contenida y solvente del texto de Goethe; El malentendido, un recursivo, dramático y emotivo montaje sobre el trágico discurso de Albert Camus o ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, la contundente pieza de Edward Albee resuelta en el corazón mismo del campus universitario para subrayar la incapacidad y mediocridad no sólo como un componente conflictivo en el teatro del absurdo. Las anteriores piezas han sido dirigidas también por Gonzalez Puche. Igualmente figuran en la nómina trabajos como El mercader de Venecia de Shakespeare, un refrescante montaje sobre el judaísmo y la avaricia, esta vez con la motivación de Ma Zhenghog y la puesta en escena de Fabio Rubiano sobre la obra del autor contemporáneo español Sergi Belbel, La sangre, una descarnada versión sobre el horror y la impunidad en la edad del cinismo.

Beatriz (Jenny Cuervo) en El Astrólogo Fingido.
Foto: Carlos Mario Lema.
La preocupación de la escuela parece privilegiar el incremento de un amplio espectro de la cultura y la práctica teatral, como el medio mejor para conocer a los autores, estilos e interiorizar a los personajes y trabajarlos con audacia y temperamento. Es el caso de El astrólogo fingido que reúne once participantes. Es una puesta en escena ágil y divertida, dispuesta a distraer al espectador al tiempo que a ofrecerle las bondades de un texto con musicalidad, obediente a la métrica y cadencia de los incorporables versos calderonianos. Con un vestuario inventivo que por un lado se refiere a la moda barroca cortesana, con miriñaques incluidos, y por el otro tiene un sabor a la Opera pekinesa tradicional. Siguiendo el tono de la comedia, una y otra referencian la parodia. De tal manera que la suma de las mismas bien subraya la impostura de la pieza protagonizada por las doñas Maria y Violante, y las criadas Beatriz y Quiteria. Así como los señores implicados: Juan, Antonio, Diego y Carlos, además de Leonardo y Morón. Un reparto que se resuelve parejo y que colabora a agilizar la acción que se desenvuelve en tres intensas jornadas.
La música, que genera un ritmo especial y que se va desarrollando en perfecta comunión con la acción, se ve complementada con el movimiento corporal, sincronizado y dispuesto a resaltar cada una de las situaciones donde el equívoco, el sigilo y el fingimiento son los cimientos de este arte magnifico de solucionar la comedia. Dos mundos al parecer irreconciliables, la ancestral opera china con sus pertinentes convenciones y el no menos proverbial y patriarcal teatro barroco español, con la cadencia seductora de sus versos sonoros y sus reflexiones a punto, dan como resultado un matrimonio feliz, multiétnico, de sana y afortunada hibridación.
Calderón de la Barca forma junto con Lope de Vega y Tirso de Molina la trilogía más contundente del teatro español del Siglo de Oro. Monumentos de dorado sólido no sólo para la poesía que seguramente llegó con Góngora y Quevedo a un esplendor álgido y detonante, en la orilla opuesta a sus antecesores no menos sensuales y eróticos: santa Teresa y san Juan de la Cruz, sino también para la pintura que dio a Murillo, Zurbarán, Ribera, Valdés Leal y muchos otros, y que alcanzó el clímax en el esplendor popular y cortesano de la propuesta de Velásquez. Momento histórico memorable para las artes pero el inicio del declive para ciudades como Sevilla, asolada por la peste y con una economía en consecuencia interpelada y propicia hacia la ruina. Coincide igualmente con la pérdida de talante de la monarquía que comienza a diseñar su propio ocaso.
Enhorabuena esta comedia magnífica, comprometida y resuelta en el verbo exaltado. Resumen de experiencias ancestrales; de la inevitable pedagogía de Cervantes; de las encrucijadas entre la imaginación, las licencias y la censura moralista; entre el cumplimiento o incumplimiento del destino; entre el nuevo orden de los astros y el diseño de las renovadoras expectativas sociales. En todo ese azar se produce la figura de don Pedro Calderón de la Barca, gran trágico, místico a su manera y portador de un abigarrado humorismo, licencioso, arrollador y Caballero de Santiago por voluntad real. Desafiando lo artificioso, desaforado e hiperbólico, características inherentes al universo barroco de Calderón, El astrólogo fingido llega con la eficacia de su trama, la belleza de su encanto y lo imponderable de lo ancestral y cercano.